Artículos. Aprender con placer
En las siguientes líneas y a modo de introducción, intentaremos responder a las preguntas más habituales acerca de cómo se adquieren los conocimientos durante los primeros años de vida, y cuál es el rol que desempeñan los adultos a la hora de estimular el aprendizaje de los más pequeños.

Entre la curiosidad y el estímulo
El niño adquiere conocimientos desde su primer día de vida. Actividades tan sencillas como seguir los objetos con la mirada o agarrarlos con las manos, le sirven para asimilar información nueva. En esta temprana etapa, el aprendizaje se concentra en la observación y la repetición de conductas.

Con el paso del tiempo, el pequeño entra en un proceso constante de experimentación con el entorno y con los objetos que se encuentran a su alrededor. Al descubrir un tobogán, por ejemplo, nunca se cansará de subirlo y bajarlo una y otra vez. Ya dominado el juego, comenzará a pensar en otras actividades relacionadas con el mismo: subir la rampa en lugar de utilizar las escaleras, deslizarse boca abajo, etc. De esta forma, afianza sus conocimientos, utilizándolos también para sus propios intereses.

El deseo de conocer el mundo está motivado por la curiosidad innata del niño. De ahí la importancia de proporcionarle al pequeño los estímulos necesarios en cada etapa de su evolución y crecimiento. Padres y maestros tienen la responsabilidad de ayudar a los niños a aprovechar al máximo sus capacidades, motivándolos para progresar en el lento pero fascinante proceso del aprendizaje.

Las etapas del aprendizaje durante la primera infancia
A lo largo de su primer año de vida, el bebé aprende de forma instintiva mediante la exploración, el tacto y la manipulación. Constantemente emplea sus habilidades motoras y sus sentidos para descubrir el mundo que lo rodea. Gatea en busca de objetos, los alcanza, los muerde e incluso los rompe para descubrirlos. Resulta conveniente utilizar esta insaciable curiosidad de los niños como medio para estimular su desarrollo cognitivo. Permítale gatear, manipular y morder objetos, sin más límites que los que dicten su seguridad y propia higiene.

Hasta los tres años, y de forma cada vez más compleja, el niño sigue investigando el mundo a través de sus sentidos. Se concentra sobre todo en las propiedades de las cosas. Por este motivo, resulta fundamental hablarle, escuchar con atención sus preguntas y responderle con claridad y sencillez de forma que pueda entender las respuestas.

A partir de los tres años, este interés se extiende hacia las personas, el medio que lo rodea y las causas de los hechos. El niño comienza a verbalizar su curiosidad realizando constantemente preguntas del estilo: ¿por qué llueve?, ¿por qué el cielo es azul?, ¿por qué los automóviles andan?, ¿por qué el abuelito se fue al cielo?, etc. Esto se debe, fundamentalmente, a que ya está capacitado para pensar en diferentes situaciones, objetos que no están presentes o acciones que ya han pasado. Para estimular su capacidad de aprendizaje en esta etapa, es importante formularle preguntas sencillas de causa y efecto, proporcionarle materiales atractivos para manipular y transformar, o proponerle juegos que le permitan pensar por sí mismo.

El peso de las emociones
El proceso de aprendizaje está estrechamente ligado al campo de las emociones. Un niño feliz y seguro de sí mismo, aprende con más facilidad que otro que se siente inseguro o temeroso.

La confianza que el niño tiene en su propia capacidad se forja mucho antes de que comience la etapa escolar. Los primeros años de vida del pequeño se consideran esenciales en el desarrollo de su propia auto-imagen. El carácter y la forma de ser parte de una necesidad humana básica: la búsqueda del amor y la aprobación de los que nos rodean, en especial de los padres y los familiares más cercanos. Desde los primeros meses de vida, el niño descubre que realizando determinadas actividades correctamente, es aceptado por los seres que ama.

Los dos componentes básicos de la auto-imagen son el sentimiento de competencia y la autoestima. El primero de ellos depende en gran medida de las opiniones de los demás y del éxito en determinadas actividades. Así por ejemplo, si el niño muestra excelentes aptitudes para el dibujo o la práctica de un deporte, se sentirá confiado en estas habilidades.

La autoestima, por su parte, definida en términos de valía personal, se crea a través de las experiencias positivas y negativas de la vida cotidiana. Un castigo o una recompensa de los padres tienen un efecto asombrosamente duradero en el retrato que el niño se forja de sí mismo. El pequeño que es alentado con cariño y otros estímulos positivos, contará con una excelente auto-imagen que le ayudará a triunfar en sus años escolares.

Para tener en cuenta
- Los niños necesitan de la motivación de los adultos para desarrollar todo su potencial de aprendizaje.
- Enseñar a los pequeños a razonar, es mucho más importante que intentar inculcarles conocimientos concretos como por ejemplo los colores, los números o las letras.
- El cariño, los estímulos, la aprobación ante los aciertos y la ayuda ante los errores, son esenciales para reforzar la autoestima del niño.
- La adquisición de conocimientos es siempre más valiosa si se comparte con otra persona.
- El aprendizaje con alegría equivale a aprender más y mejor.

Disfrutar de aprender
La adquisición de conocimientos no tiene por qué convertirse en una tarea difícil y aburrida. Aprender divirtiéndose garantiza mejores resultados, fijando
los conocimientos a más largo plazo.

Una de las primeras cosas que debemos tener en cuenta, es la conveniencia de relacionar lo que se intenta enseñar con los intereses y la experiencia del niño. Si la información se presenta de forma abstracta, alejada de la realidad del pequeño, éste se mostrará distraído y desinteresado.

En segundo lugar, es importante asegurarse de que el conocimiento que se pretende inculcar es el adecuado para la edad del pequeño. Con ello se evitará la frustración que puede provocarle al niño, verse obligado a aprender algo para lo que no está preparado. La mejor forma para saber si un pequeño está maduro para el tema elegido, es dejarse guiar por su propio interés.

En tercer lugar, conviene planificar momentos de aprendizaje breves y relajados. Cuando se lee un cuento o se discute un tema, hay que saber interrumpirlo ante los primeros indicios de tensión, cansancio o aburrimiento del pequeño. Su umbral de atención no es el mismo que el de una persona
adulta y ello debe ser respetado para no predisponer negativamente al niño a futuras experiencias.

Finalmente, si los padres disfrutan con su hijo del aprendizaje, comparten su asombro e introducen pequeños toques de humor, fomentarán su inclinación natural por descubrir cosas nuevas. Una actitud positiva hacia el aprendizaje es casi una garantía de éxito en los años escolares.
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