Artículos. Los cinco sentidos
El desarrollo de los sentidos es muy importante para la evolución del niño ya que éstos constituyen el vehículo a través del cual el pequeño entra en contacto con el exterior, lo conoce y, en consecuencia, evoluciona en su aprendizaje. No hay que olvidar que gracias a los sentidos nos comunicamos con otros seres humanos y entablamos relaciones de afecto con ellos.

El tacto
Es el primer sentido que el recién nacido aprende a utilizar. Hasta el tercer mes de vida, la sensibilidad táctil del bebé se concentra principalmente en la cabeza, la boca y el tronco. El pequeño responde a la presión, a la textura, a la temperatura, a la proximidad y al dolor. De ahí la importancia de la lactancia (un momento de comunicación por excelencia entre la madre y el niño), de las caricias, de los abrazos y del baño. Los masajes también ocupan un lugar destacado en el desarrollo del bebé. Además de transmitir cariño a través del contacto de la piel, permiten su relajación y bienestar.

Entre los seis y los nueve meses de vida, el pequeño comienza a explorar el mundo que lo rodea. Su tronco, brazos, piernas, manos y dedos, se convierten en las herramientas perfectas de exploración. Este es el momento de dejarlo experimentar con distintas texturas, temperaturas y formas. Como todavía no puede desplazarse y tiende a llevarse todo a la boca, la utilización de gimnasios de bebés con objetos de distintas características, resulta un excelente recurso de estimulación.

A medida que el niño va creciendo y su sentido del tacto se desarrolla, es muy importante que comience a procesar y relacionar la información que le proporciona la experiencia. Un juego que suele divertir mucho a los pequeños consiste en introducir sus manos en distintas cajas de cartón, dentro de las cuales se han dispuesto previamente objetos de varios tamaños, formas y texturas. Adivinar de qué se trata el objeto que han tocado después de describir las características del mismo, se convierte en un todo un reto.

La audición
El oído es el primer órgano sensorial que madura. A las 24 semanas de gestación, el bebé comienza a percibir y a distinguir los sonidos. Por este motivo, resulta fundamental estimular este sentido, aún cuando el pequeño se encuentra en el interior del útero materno. Inmediatamente después de nacer, el niño puede reconocer a la madre por la tonalidad de su voz. No hay que olvidar que el desarrollo de la audición está ligado a la adquisición del lenguaje.
Hablarle al bebé desde los primeros días de vida es importantísimo.
Los niños también nacen con un enorme potencial musical.


Durante el período fetal, el pequeño escucha el latido del corazón materno y aprende los primeros rudimentos del ritmo. Después de nacer ya sabe diferenciar melodías, timbres y tonos. La enseñanza musical es un punto de partida para promover el desarrollo de la motricidad del niño. Desde muy temprano, los pequeños logran moverse rítmicamente al compás de una melodía, un hecho que los ayuda a generar movimientos cada vez más precisos. Las canciones, por su parte, estimulan las habilidades lingüísticas. Pueden ser entendidas como historias melódicas que ayudan a desarrollar la comprensión y expresión oral.

Si un niño recibe estímulos que incrementan su potencial musical en los primeros años de vida, crece más creativo y con una mayor sensibilidad ante el mundo que lo rodea. La música favorece la comunicación y la sociabilidad.

La vista
Aunque los ojos del bebé ya están perfectamente desarrollados al nacer, son incapaces de ver. El proceso visual requiere de un largo aprendizaje. La vista es un sentido que tarda mucho en resultar efectivo. El cerebro necesita aprender a interpretar lo que los ojos del pequeño observan. Es un proceso intenso de maduración que se desarrolla durante el primer trimestre de vida. A partir de este momento, va decreciendo poco a poco hasta los cinco años de edad, momento en que el niño posee el 70% de la agudeza visual de los adultos. A los diez años, el sentido de la vista ha madurado completamente.

Resulta imprescindible que estimulemos la visión de nuestro hijo desde su nacimiento. Conviene comenzar con juegos muy sencillos que complicaremos un poquito más a medida que el niño vaya creciendo. A modo de ejemplo, podemos dibujar una carita feliz en nuestro dedo índice y jugar con él como si fuera una marioneta, o hacer caras y muecas frente a un espejo para lograr que nuestro bebé se ría. Es muy importante que cuando mostremos objetos al niño lo hagamos acompañado de la palabra "mira" y de expresiones exageradas de sorpresa. A partir de los nueve meses, podemos presentarle al pequeño un juguete para posteriormente esconderlo y pedirle que lo encuentre.

A los 18 meses de edad, es importante utilizar juegos didácticos que ayuden al niño a reconocer los colores, las formas y los movimientos. También es necesario estimular su capacidad de atención y enfoque. Con el objetivo de lograr este propósito, se pueden colocar 4 ó 5 objetos familiares en una bandeja para que el pequeño los observe durante un minuto. Una vez realizado este ejercicio, se cubre la bandeja y se le pide al niño que describa lo que ha visto.

Los niños desarrollan el sentido del gusto a medida que los adultos incrementamos el número y la variedad de los alimentos que forman parte de su dieta. Es muy importante que le ofrezcamos al pequeño todo tipo de alimentos para que pruebe y elija los que más le gustan.

Teniendo en cuenta que el sentido de la vista influye considerablemente en la selección de los alimentos, es bueno que el niño aprenda a identificar y a disfrutar la comida a través del gusto. Esto se puede lograr con divertidos juegos como por ejemplo, disponer sobre una mesa mantequilla de cacahuete, gajos de naranja, papas fritas y chocolate amargo. Cubrimos los ojos del niño y le pedimos que pruebe los diferentes alimentos para posteriormente adivinar su nombre. No debemos olvidar recordarle al pequeño las palabras que necesita para describir los sabores: salado, dulce, amargo, ácido, etc. Probando los alimentos, el niño también conseguirá entender el significado de estas palabras.

El olfato
Aunque el olfato es el más sensible de todos los sentidos, ocupa un lugar secundario en nuestra vida. Está relacionado con el gusto, lo que explica que participe en la estimulación del apetito y de las secreciones digestivas. Además, los datos que proporcionan las membranas olfativas se asocian con sensaciones, emociones y recuerdos. De ahí que el olor o el perfume habitual de la madre, tenga un efecto tranquilizador sobre su hijo.

Jugar con los olores le permite al niño reconocer los objetos. Esta información olfativa se combina con la visual, la gustativa, la auditiva y la táctil. Así por ejemplo, si el niño huele una manzana, inmediatamente la asocia con su sabor, el color rojo, verde o amarillo, la textura lisa y el crujido que se escucha al morderla. Estimular la capacidad de conocer el entorno a través de los sentidos, ayudará a los más pequeños a desarrollar su imaginación, percepción y sensibilidad.
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